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Germinal Pérez de los Ríos

Llego a casa de mis abuelos. Viven en un cuarto, en Vicálvaro, un barrio de Madrid. Mi abuela, Mª del Pilar Violeta, de 77 años y mi abuelo Germinal Germán, 81. Se casaron en 1962-3, y tuvieron 4 hijos, siendo el mayor mi padre Germán.

El turno de la entrevista a mi abuelo. Vamos al cuartito, un salón pequeño donde hay una mesa con tres sillas. Tiene abierto un libro del Che Guevara, y sobre la mesa hay un cuaderno, en el que va copiando una y otra vez, con el fin de aprender caligrafía y ortografía.

Mi abuelo es un hombre alto, de pelo canoso y rasgos marcados. Intimida un poco, juntando su voz grave, la altura y su carácter.

Nació el 6 de Marzo de 1932, en Madrid. Sus padres le llamaron Germinal pero durante el transcurso de la posguerra y ya en la dictadura, tuvo problemas con su nombre ya que podría tener cierta conexión con el bando republicano. Tanto fue así, que tuvo que casarse con el nombre de Germán.

A mi abuelo, al contrario que otros muchos, no le gusta mucho hablar de su pasado. Es más bien cerrado en ese sentido. Aún así, le encuentro bastante participativo en la entrevista.

Antes, durante y después de la Guerra Civil Española, los padres de mi abuelo trabajaron en un puesto de verduras en la calle Sta. Isabel, en el centro de Madrid. Tuvieron 8 hijos, siendo mi abuelo el penúltimo y mi tía abuela Encarna la última.

Mi abuelo no sabe decirme cuáles eran las inquietudes políticas de su padre. Cree que, teniendo en cuenta las dificultades como trabajador, simplemente le interesaba salir adelante.

Él tenía más o menos cuatro años cuando estalló la guerra. Todos sus hermanos mayores tuvieron que dejar atrás a su familia e irse como refugiados al norte, la mayoría a la zona de Barcelona. Solo quedaron en Madrid mi abuelo y Encarna, ya que eran demasiado pequeños. Por lo tanto, mi abuelo sufrió la Guerra Civil Española en pleno centro de Madrid. Aunque no participó, ni su familia, directamente en la guerra, la sufrió durante tres años seguidos en la capital.

Le pregunto sobre un hecho traumático que recuerde, algo que le marcó durante la Guerra. Al principio dice que no recuerda. Le doy unos minutos. Finalmente me responde.

“Recuerdo un día de paseo en verano, que mi padre a mi hermano Roberto y a mí nos cogió a los dos de la mano y nos subió a una casa en Atocha, para refugiarnos de un bombardeo.”

Me dice que lo ponga, que ocurrió así. Le señalo la grabadora, aunque veo que no se fía del aparato.

Durante la guerra tomaron cobijo en varios refugios, uno de los que recuerda era un garaje en la calle Zurita. Por suerte, ningún conocido ni familiar suyo murió en ningún bombardeo o ataque.

Aún así, recuerda que en la zona baja de Atocha, había un despacho de venta de artículos de medicina y cirugía. Solían ir muchas mujeres con sus hijos, ya que allí vendían leche de granja también. Un día, no sabía decirme a qué altura de la guerra, la aviación de Franco, arrasadora a su paso, ametrallaron todo Atocha, matando a todo el que pillaban dentro y fuera de los edificios.

“Ellos tenían armas y nosotros lo único que teníamos era hambre.”

Cuando le pregunto si ha matado a alguien, me espero una respuesta cómica, ya que encontraba la pregunta un tanto surrealista, pero me responde seriamente que no. Me doy de lleno contra una realidad que en nuestra sociedad actual encuentro imposible, pero que ciertamente, hace setenta años era el pan de cada día.

A lo largo de la entrevista voy metiéndome en situación, siendo cada pregunta un escalón hacia la memoria de mi abuelo.

Él no conoce ninguna hecho en el que alguien salve la vida a nadie ni cosas del estilo. Tan solo recuerda detalles. Detalles que, a nuestra vista parecen pequeños y carentes de valor pero que, en realidad, en esos tiempos eran inmensos.

Por ejemplo, recuerda las dificultades que pasaban en casa, cómo sus padres tenían que ver a sus hijos pasar hambre y no tener nada que darles para comer. Y aún así, él recuerda cómo su madre, hacía un esfuerzo aún mayor para poder ayudar a esa gente que llamaba a su puerta, pidiéndole comida para sobrevivir. Y ella no veía más allá de una persona que mostraba sus necesidades. Jamás dejó de ayudar a alguien por razones ideológicas o personales.

Echando la vista atrás, recuerda también con dureza el día que andando por la calle, encontró un garbanzo. Y como el niño que era, no tuvo más que sorprenderse ante aquel ‘lujo’, ya que por aquellos tiempos, era lo máximo a lo que podía aspirar.

Noto también cierta vergüenza de sí mismo cuando me confiesa que, no una, sino muchas veces, tuvo que comer cáscaras de naranja o de plátano del suelo. Y es que no tenía nada más que llevarse a la boca.

“Fue después de la guerra cuando más hambre se pasó”, me dice, “durante la guerra, cogían una pistola, te pegaban un tiro en la cabeza y te mataban. Pero la posguerra te mataba de hambre.”

Respecto a su paso por la escuela fue nulo. Nunca tuvo la oportunidad. Ya un poco más mayor, se encontró no más de 70 pesetas, y se inscribió en una academia. A los dos meses se acabó ese dinero y dejó de ir.

“Y es ahora con los años que tengo y aprendiendo buena letra. Y es que son 81 años, que no es moco de pavo. “

“Los colegios no abundaban. Aquí estaba la creencia basada en el hambre, la ignorancia y la coacción a la hora de la muerte. Y eso no nos dejaba avanzar. Te metían el miedo en las entrañas y no había forma. Cuando no era hambre, era otra cosa… y así hemos llegado a donde estamos.”

Entra mi abuela en el salón y me pregunta que qué tal se está portando. También me ofrece, otra vez, algo para merendar.

De vuelta a la entrevista, cada vez más atraída al tema, le pregunto por los bandos que se podían ver en la posguerra.

“Aquí todo el mundo era falangista. Todo el mundo. Y los que no, estaban muertos. Unos de hambre y otros fusilados. Prueba evidente es que de aquí se marcharon, un millón o dos millones de personas que tuvieron que salir corriendo. Luego a algunos les pilló en campos de concentración, entonces el Führer de las narices, a unos les mataba con gases, a otros les metía en hornos, a otros les fusilaba, y a los que quedaban les mataba de hambre.”

Durante aquellos años, el pueblo sufrió muchos castigos por parte del bando falangista. Le pido que haga memoria y que me cuente algo que le marcó. Me relata cómo un día, su madre le llevaba de la mano, y a su hermana menor Encarna en brazos. Unos falangistas, vestidos con sus uniformes, trataron de llevárselo a lo que llamaban ‘el paseo’, que consistía en llevarles a un cuartelillo, raparles la cabeza y hacerles beber un litro de un tipo de aceite. Mi bisabuela se negó a que se llevasen a su hijo y finalmente tuvieron la suerte de regresar todos a casa sanos y salvos.

Su conclusión de la Guerra Civil Española es que solo sirvió para traer un retraso al ciudadano, al pueblo. Un retraso que oscilaría, según él, entre treinta y cuarenta años.

No sabe darme una respuesta concreta cuando le pregunto por evitar la guerra. Finalmente me dice que no sería posible, una vez que Franco se alzó, todo vino por sí solo.

Sobre la educación y su implicación en el desarrollo de la paz me dice que la educación y la formación de los pueblos es la mayor riqueza a la que pueden aspirar. Es el motor de todo.

Es muy tajante con su opinión de que las ciudades sean el blanco en guerras. Lo ha vivido, y sabe con certeza cómo funciona y a dónde llevan.

“Una barbaridad. No tiene otra palabra. Y los fusilamientos que hacían a aquellos que por el hecho de que habían estado en el frente, fulano, mengano, ¡plas! Allí en el cementerio ponían una cruz y con una ametralladora se llevaban a unos sesenta. Y al otro día, otros tantos.”

En cuanto a la mejora entre la Paz de las Naciones dice que sí, pero que la atención al ser humano ha ido en decadencia. Y que, en su opinión, los privilegios de ciudadano a ciudadano, nunca.

Le pregunto sobre su visión personal sobre la iniciativa de la declaración y el encuentro que van a tomar parte en Noviembre y él afirma que está de acuerdo con todo lo que sea a favor de la PAZ, siempre que, se lleve a efecto.

Paro la grabadora, pero la conversación dura unas horas más. Pasamos de un tema a otro, tocando un poco el comunismo, el capitalismo, la actualidad…

Es mi abuela quien pone fin a la tarde, cuando desde el cuartito mi abuelo y yo empezamos a oler la tortilla de patata recién hecha.

Mi abuelo se espabila rápido y no tarda en comerse su trozo. Le digo que coma con más tranquilidad y me responde:

“Yo es que aún tengo hambre de la posguerra.”

 

Alba Pérez del Valle – 1º Bach. A (2013-2014)

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