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Hebras de paz viva

ines_saenz2014

Por: Inés Sáenz (ines.saenz@itesm.mx)

Pregunté a los Hopi  ¿Qué es la paz? No sé cómo es, no la he visto.
Me respondieron: Judy, la paz no es una visión que tú puedes pintar.
Es algo que siempre está en proceso de lograrse.
Judy Baca (muralista)

Inés Sáenz es Directora de la Escuela Nacional de Educación, Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey.

Inés es primordialmente una lectora que se formó para la vida profesional con una licenciatura en letras españolas del Tecnológico de Monterrey, y también con una maestría y un doctorado en Letras Hispánicas en la Universidad de Pennsylvania (UPenn). Más allá de los grados y de los requisitos universitarios insiste en seguir leyendo. Tiene una natural inclinación por los textos literarios, y le interesan todos los temas que atañen a lo humano.

Trabaja en el Tecnológico de Monterrey desde hace más de veinte años como profesora en el área de Humanidades. Su línea de investigación se centra en las prácticas narrativas contemporáneas y su relación con la cultura visual. Además de su trabajo docente, ha tenido diversas responsabilidades en el Tec de Monterrey.

Desarrolló y dirigió la Maestría en Estudios Humanísticos de la Universidad Virtual (1999-2003); desarrolló y coordinó el área curricular relacionada con la formación Humanística y Ciudadana en la Vicerrectoría Académica (2002-2007); y dirigió de la Cátedra Alfonso Reyes (2005-2007). Fue responsable de la Oficina Internacional del Tecnológico de Monterrey en Francia.
Hoy es Directora de la Escuela Nacional de Educación, Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey y también dirige del Doctorado en Estudios Humanísticos del Campus Ciudad de México.
Es miembro de la Cátedra UNESCO de Ética y Derechos Humanos del Campus Ciudad de México y escribe para Milenio Diario, donde publica los artículos que aparecen en este espacio.

Tengo la fortuna de contar con amigos generosos que me conectan con personas excepcionales como Juan Gutiérrez, ingeniero civil y  filósofo, activista en pro del diálogo y la paz, y conversador sensible. Tuve la oportunidad de escucharlo y conocer de primera mano la historia de su vida, su itinerario y luchas;  me quedé con la curiosidad de seguir sus huellas.

Su persona,  así como sus textos y entrevistas me inspiran a escribir este artículo. Estoy convencida de que el espíritu y la apuesta de Juan cambiarán nuestra manera de entender y recordar nuestra violenta, aterradora e intimidante historia reciente.

Empiezo por explicar la importancia que la memoria tiene en su proyecto. Para él, la memoria tiene una indudable fuerza educadora, pues ofrece modelos de comportamiento que pueden enseñar a los jóvenes de hoy cómo conducirse en el futuro.  Entender que la memoria es multidimensional y selectiva nos ayuda a imaginar lo reducida que se ha vuelto nuestra manera de recordar, pues de todo lo que sucede a nuestro alrededor, sólo los hechos violentos se consideran dignos de registro. Los medios de comunicación nos hacen creer que sólo la crueldad es digna de ser contada. Basta con abrir el periódico cada mañana para horrorizarse con tanta saña. Esta explicación no pretende ignorar la realidad en la que estamos plantados. Sin embargo, es importante considerar que la riqueza de la vida, ese 99% que compone nuestro día a día, no hace noticia.

De allí el plan de Juan y su grupo de recuperar una memoria común capaz de rescatar nuestra humanidad a pesar del horror y la violencia.  En los momentos de extrema tensión, de conflicto y guerra, hay quienes son capaces de ayudar a alguien en peligro que está en el bando enemigo.  Frente al mal, hay personas que optan por decir no y darle la espalda, aunque eso suponga arriesgar su vida. A esto le llama “hebras de paz viva”. Estas hebras, explica Juan, dejan a un lado las figuras de víctima y victimario para hablar simplemente de la humanidad.

Hay muchas hebras de paz viva que se pueden rescatar en nuestro país, para tejer historias alternativas. Desafortunadamente, éstas pasan desapercibidas  y con ello perdemos esta dimensión reivindicadora del ser humano.  No se trata de dar la espalda a la realidad e ignorar la violencia. Sabemos que es importante decir “nunca más”, de allí la proliferación de memoriales en distintas partes del mundo que nos recuerdan la importancia de no olvidar la injusticia.  Sin embargo, hay que trabajar al mismo tiempo  en una paz reconciliadora. Un ejemplo lo da el libro de Svetlana Broz, Buena gente en tiempos del mal, donde Svetlana rescata los testimonios de gente que sobrevivió a la guerra de los Balcanes en los ’90 gracias a que otros tuvieron el valor de pensar más allá y “traicionar” a su grupo identitario.

El enemigo supone un peligro. Por ello, interesa entender la diferencia que hace Juan entre el enemigo y lo enemigo. Mientras que el enemigo real tiene una dimensión humana y una capacidad real de hacer daño, la imagen de lo enemigo se ha vaciado de toda humanidad, con una capacidad desmedida para el mal. El pueblo de Ajalpan que recientemente linchó y quemó a dos encuestadores inocentes, sobrepuso en ellos la imagen de lo enemigo.

Es posible, explica Juan en una entrevista, buscar lo humano de la mano que daña.

Nuestra sociedad tan polarizada y frágil, nuestra tierra tan horadada de fosas, nuestra memoria tan cubierta de heridas, necesita nutrirse de estas historias de empatía, de compasión y de valor civil que nos ayuden a conectarnos con nuestro país de otra manera que no sea a través del miedo que paraliza y destruye.  Necesitamos tejer nuestra historia con estas hebras de paz viva que nos devuelvan la confianza en los otros. Por eso el proyecto de Juan  me parece importante.

Estoy segura de que en México abundan historias de valor y empatía.

El siguiente paso será buscarlas.