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El amigo de infancia

Dicen que en las guerras todo vale, que solo importa sobrevivir, que muchas amistades se rompen, que se olvidan las raíces, que solo hay destrucción y días grises, muertes y desgracias, pero la verdad es que esto no siempre es así…

Afortunadamente las guerras no lo destruyen todo, la gente sigue emocionándose, siguen naciendo niños y, lo más importante, a pesar de las diferentes ideologías y del miedo, hubo gente que prefirió ser fiel a sí mismo y ayudar a otro del otro bando a pesar del peligro de estas acciones que bajo mi punto de vista son dignas de admirar, incluso heróicas.

Pues bien, esta es una de esas historias de hebras de paz en contextos de guerra, pero quiero empezarlo todo bien, desde el principio.

Fidel Carrasco nació en 1930 en Orcasitas (Madrid). Tan solo tenía seis años cuando estalló la guerra pero al vivir en una gran ciudad la sintió en sus propias carnes, literalmente, ya que, con ocho años, un día que iba a la plaza de Legazpi a una vaquería a por leche acompañado por su hermano Rufino, que era dos años mayor que él, recibió un disparo en la pierna por no cantar el “Cara al Sol” que, como Fidel dijo, ni siquiera sabía.

Este fue el principio de su calvario, vivió en Usera hasta que su casa fue bombardeada, entonces tuvieron que moverse a Santa María de la Cabeza pero desgraciadamente esta casa volvió a ser destruida tras un bombardeo y tuvieron que irse a una pequeña caseta que había cerca del paso a nivel donde trabajaba su padre. Por esto Fidel recuerda con mucho miedo los bombardeos. Detuvieron a tres de sus hermanos: Manuel de 28 años, Crisantos de 23 y Severiano de 19. Les llevaron a trabajar al Valle de los Caídos pero este no fue el mayor de los castigos para ellos. Crisantos fue toreado y banderilleado durante toda una noche por un grupo de nacionalistas pero, aunque no lo parezca, tuvo suerte porque fue uno de los pocos que consiguió vivir. Afortunadamente los tres hermanos consiguieron escapar y se escondieron durante dos meses en un zulo del paso a nivel donde se guardaba el carbón y aquí es donde empieza nuestra historia.

Aparte de sus tres hijos el padre de Fidel escondió también a un vecino suyo del pueblo donde vivió de pequeño. Este hombre había sido sentenciado como nacionalista y estaba siendo perseguido. Cuando pidió ayuda a su padre, él prefirió dejar a un lado las diferencias y el rencor y ayudar a su amigo, poniendo en riesgo incluso su vida y la de su familia. Afortunadamente esta historia como tantas otras salió bien y nos demuestran que incluso en mitad de una guerra y con todo el dolor que hay, sigue habiendo buena gente y que son más las cosas que nos unen que las diferencias que nos separan.

Susana Contreras – IES Isaac Albéniz (Leganés)

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