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Los cuentos de la Yaya

Así te das cuenta de todo, con tan solo una frase “¿abuela te parece bien que vaya a tu casa para que me ayudes con un trabajo de clase?” y ves como en ese momento a tu abuela se le iluminan los ojos lo entiendes. Entiendes que tus abuelos no son olvidadizos, ni que repiten mucho las mismas cosas. Entiendes que lo único que les ocurre es que tienen miedo del olvido. De que todo por lo que ellos lucharon no sirva para nada. De que las historias de lo que sus padres les narraban sobre esa guerra tan horrible queden como eso, historias y no enseñanzas.

Mi abuela se llama María Del Carmen. Con sus 74 años es demasiado joven como para haber vivido esa guerra. Mi bisabuelo sin embargo estuvo 2 años batallando. Él, como se decía antes, no había dado la talla, por lo tanto no hizo la mili, así que se perdió un año de guerra hasta que en 1937, le llamaron. Cuando la guerra estalló en 1936, mi bisabuelo Alfonso vivía en un pequeño pueblo de Castilla y León. El simplemente luchó. Estuvo en el bando nacional pero como si hubiese estado en el comunista. Lo único que quería era volver a casa con su mujer, que estaba embarazada cuando se tuvo que ir, y su hijo de 1 año de edad.

La primera hebra de paz que descubrimos es con mi tatarabuelo Ángel. Cuando la falange empezó en Valladolid, grupos de hombres salían para recorrer los pueblos cercanos. Uno de ellos era mi pueblo. La falange se dedicaba a descubrir si en los pueblos había gente que no casara con sus ideales. A Ángel le acusaron y le pusieron en la fachada de la iglesia junto con dos personas más para fusilarle. El cura al ver lo que ocurría salió a defenderles asegurando que aquellos hombres eran buenas personas. De esa manera mi tatarabuelo se salvó.

Durante los dos años que Alfonso estuvo en la guerra por la zona de Teruel y San Sebastián descubrió que ningún bando era bueno del todo.

Llegado a esta parte mi abuela coge carrerilla pues con las siguientes historias que su padre mismo le contó demuestra que hubo gente noble en esta dichosa guerra.

La primera de ellas ocurre cuando él, junto con sus compañeros, estaba registrando la casa de un pueblo. Una anciana les abrió la puerta y Alfonso subió a la parte del sobrao (buhardilla) donde se guarda el grano. Cuando levantó una manta y descubrió allí a aquel señor mayor y asustado no dudo en hacerlo. Le miró a los ojos y le indicó que mantuviera el silencio. Con un grito avisó a sus compañeros de que allí estaba todo despejado y salió dejando allí al señor escondido.

Las siguientes son a mi parecer las más bonitas y traumáticas a la vez. Ambas demuestran como antes he mencionado el lado más oscuro de los hombres y del bando nacional.

Un día cuando ya habían acabado la jornada Alfonso fue a avisar a un compañero suyo de que se iban, cuando abrió la puerta se quedó en shock. Su compañero estaba violando a una joven de aquel pueblo. Sin pensar en lo que hacía cogió su fusil y de no ser porque otro compañero suyo le advirtió que se calmase hubiese matado a aquel hombre de inmediato. Puede parecer que su respuesta fuese algo radical, pero en ese mismo momento que vio a la joven se imaginó a su mujer de 21 años que estaba sola en el pueblo.

El tercer acontecimiento tiene que ver con algo que siempre está ligado a la guerra: los fusilamientos. Alfonso solo tuvo que realizar uno. La noche anterior le había tocado vigilar a los que al día siguiente iban a ser fusilados. Y como ya se sabe la noche es mágica y en ese momento las diferencias desaparecen. Alfonso y sus compañeros se pusieron a hablar con ellos. Entre cigarro y cigarro se contaron cómo habían llegado allí, de dónde venían. Poco a poco Alfonso descubrió que dos de ellos eran vecinos de sus primos de Madrid. Con la mañana llegó la realidad y cada uno volvió a su lugar, los cazadores y los cazados. Les pusieron a todos en fila. Y cuando Alfonso, con el rifle ya apuntando, se dio cuenta de que no era un juego, que esas personas que vivían a 10 metros de donde él una vez jugó de pequeño, iban a morir, no pudo. Ese día Alfonso disparó al aire. Pese a ello todos murieron, alguien disparó dos veces, incluso tres para que él no lo hiciera ninguna. Todos murieron pero él no mató a ninguno, no quería ser el responsable de la muerte de aquellos hombres.

Si algo positivo y maravilloso Alfonso sacó de esa guerra fue una amistad. Una amistad que duró toda la vida.

Julio era de Bilbao y era comunista. Una noche cuando estaban en Teruel un hombre llegó a su campamento. Había desertado para unirse al bando nacional. En la huida había perdido todas sus pertenencias. El campamento le aceptó, no sin algo de reservas. Julio se quedó apartado sin pertenecer a nada, sin saber quién era. Cuando la noche cayó y todos se fueron acostando Alfonso se acercó a él y le preguntó por su manta. Cuando Julio nervioso le confesó que no tenía nada, Alfonso no dudo en ofrecerle la suya. Y así los dos juntos bajo la misma manta durante varias noches iniciaron su gran amistad.

Cuando Alfonso volvió al pueblo las cosas no cambiaron mucho. Hubo gente que murió y gente que sobrevivió como en todos los pueblos. Pese a eso, nadie hablaba de nadie ni de nada, querían omitir todo, enterrarlo, pues tenían la esperanza que de esa forma lo ocurrido se quedase en el olvido, como si de una pesadilla se tratase.

En este punto de la historia cambiamos de narrador. Hasta ahora era la voz de Alfonso la que se podía escuchar de fondo a través de mi abuela. En este momento es ella que con ya una edad empieza a narrarme sus primeros recuerdos de la posguerra. Tan solo cabe destacar tres cosas de aquella época.

Cuando la pregunto por el hambre poco a poco su cara empieza a cambiar. Me dice que se acuerda de subir el líquido del queso, zapatos y varias cosas más a algunos vecinos del pueblo, que no tuvieron tanta fortuna como Alfonso, que recuperó su trabajo.

El segundo lugar está la aparición de elementos franquistas. Pues al fin y al cabo, pese a todo lo que se luchó, no fueron más que eso, pequeños cambios que poco a poco fueron oprimiendo la libertad de nuestro país. Lo más significativo y de las únicas cosas que cambiaron fue que en días especiales e importantes todo el pueblo era llamado para cantar el Cara al Sol delante de la iglesia.

Y por último un cambió que hoy todavía se recuerda y que sus repercusiones han pasado de generación en generación. En el pueblo vivía un hombre que había sido comunista y cuando tras la guerra volvió al pueblo la gente le evitaba, no querían saber nada de él, por lo tanto eran contadas la veces que este hombre volvió a bajar al pueblo desde su regreso de la guerra, prácticamente el pueblo le había encarcelado. Su libertad estaba intacta, pero de qué le servía, si allá donde iba la gente se cambiaba de acera para no cruzarse con él. Su reacción a esta situación, aparte de no aparecer por el pueblo en aquella época, aparece muchos años después. Cuando le comunicaron que le iban a dar el premio que se otorga en mi pueblo a los habitantes que cumplen 82 años. Cuando le fueron a avisar a este hombre preguntó “¿para qué, que es lo que me ha dado este pueblo?”. Lo más triste de esta situación no ha sido esto, aunque lo parezca. Hace un año cuando el hijo de aquel hombre, organizó todo para que, por petición de gente del pueblo un símbolo franquista fuese retirado de la plaza. La reacción de diversas personas fue acusarle de “rojo”. Después de una generación entera a la gente se la sigue juzgando por los actos de sus antepasados incluso aunque no hayan seguido sus pasos.

Una pregunta que debía ser contestada en este trabajo, era que si había cambiado algo, que si había servido de algo la guerra. No se la pregunté, simplemente con los hechos que ella me dio esa pregunta ya había sido contestada. En mi pueblo los cambios fueron que muchas familias pasaban más hambre de la que antes pasaban. Que en días especiales una canción debía ser cantada y por último que ciertas personas del pueblo fuesen marginadas. ¿De verdad alguien es capaz de ver un buen fin que justifique los medios?

En este punto mi abuela ya no tiene ese brillo, tan solo se ve una cara de derrota pues aunque hayan pasado tantos años esta guerra todavía no ha concluido. Como ella me afirma con rabia: todavía sigue habiendo gente enterrada en una cuneta y familiares desesperados por encontrarla.

Para concluir, cuando le preguntó que si piensa que las relaciones internacionales han mejorado desde esos años. Para mi sorpresa y con gran condescendencia por su parte me contesta con un no rotundo.

Todo sigue igual, todavía seguimos actuando de la misma forma, todavía seguimos pensando que nadie es más fuerte que nosotros.

Esther Moreno Parra – 3ºC (2015-2016)

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